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Abuelita

Mi abuela no es como todas las abuelas. Ella se levanta a las 12 del día, no le gusta levantarse temprano porque le cuesta conciliar el sueño en las noches, lo que para mis hermanas y para mí, siempre fue beneficioso, porque siempre podíamos dormir hasta tarde.
Mi abuela tiene mil mañas, que sin querer, nos traspasó con el paso de los años.
Ella odia las arrugas en las sábanas, por lo que pasa horas planchándolas y cuando hace la cama tiene que “rebotar una moneda”. Reconozco que no plancho sábanas, pero hago hasta lo imposible por que rebote la moneda.
No soporta que algo grasoso, como una cuchara mal lavada, toque su té o café, porque aparecen las burbujitas características del aceite, que ella llama “ojos” y tiene que cambiar la taza y volver a preparar su café.
Le gusta limpiar, lo que no es raro en una abuela, pero lo que sí es diferente es que ella mantiene los estropajos blancos, siempre ha dicho que le dan asco los estropajos negros y sucios. En su caso, supongo, que si le dice a alguien que “parece un estropajo” podría tomarse como un piropo.
No le gusta lavar la loza con agua estancada, como era costumbre en algunas casas antes, porque al final las cosas no quedan limpias. Le gusta que al pasar su dedo los platos suenen, como en los comerciales de lavalozas.
Tiene una obsesión con los productos hechos en Chile, cuando compra algo que es de otro país se siente engañada y automáticamente lo encuentra malo.
Le gusta la música, toda la música, menos los “tarros” que escucho. Siempre la recuerdo bailando en la cocina, mientras prepara la comida o lava o plancha. Nunca ha dejado de sentir la música, supongo, es algo que la llena.
Le gustan mucho los deportes, todos, pero en especial el fútbol, por eso contrató el canal CDF Premium para no perderse ningún partido. Su equipo favorito es la Universidad Católica, porque cuando era joven le gustaba mucho Tito Fouillioux, por lo que hasta un gato llevaba su nombre (Fuyú).
Mi abuela tiene dos azucareros en la cocina, uno para el café y otro para el té. No le gusta que granos de café se mezclen con su té y como nadie le hizo caso de “primero poner el azúcar y después el café” para no ensuciar, decidió separar y solucionó el problema para siempre.
Mi abuela tenía 50 años cuando yo nací y hoy a sus 82 no ha cambiado nada. Excepto en el obvio deterioro por la edad.
Ella nunca ha tenido pelos en la lengua, siempre ha sido directa para decir las cosas, lo que no la hace una persona fría, al contrario, es muy emocional.
Siempre recuerdo, cuando cumplí 24, mi hermana de 26 ya se había casado y mi abuela me dijo “ojalá que alcances el último vagón del tren y que no te deje”. No me enojé, me dio mucha risa, porque para ella siempre ha sido importante eso. Mis abuelos se casaron muy jóvenes, ella tenía 19 y mi abuelo 17 o algo así. No recuerdo bien la historia.
Cuando éramos niñas, ella nos construía todos los veranos una casita con palos apoyados en la muralla del patio y se las ingeniaba para que nada se cayera. Había mantas y troncos que hacían de asientos y muebles dentro de la casa.
Nuestras muñecas nunca estuvieron desnudas, porque ella pasaba horas cosiendo en su máquina, (de esas Singer con pedal y que venían con un mueble donde se guardaba) vestidos, blusas, calzones; todo para que las muñecas no pasaran frío o vergüenza. También tejía, mirando la tele, para nosotras y para las muñecas.
No le gusta la albahaca, por lo que como maña adquirida, siempre la odie hasta que la volví a probar hace unos pocos años.
Mi abuela, vivió el terremoto del 60, en Valdivia. Siempre nos cuenta que los primeros temblores los pasó en una micro, y que el chofer no dejó que nadie bajara hasta que se detuvo el movimiento. Ella es valiente, tuvo un matrimonio complicado. Mi abuelo no era muy bueno de joven, le gustaba beber y no se portaba muy bien. Sin embargo, ella aguantó y esperó con paciencia a que todo mejorara y así fue. Mi abuela tuvo 4 hijos, de los cuales mi padre fue el único que sobrevivió. No los perdió durante el embarazo, sino nacidos. Por alguna enfermedad o algo que jamás he querido preguntar, porque me imagino el dolor que aún le debe causar recordar a sus bebés caminando por la casa y que luego ya no estén. Dicen que cuando nací era muy parecida a su hija, por lo que ella siempre me tuvo un cariño diferente, supongo que ve en mí lo que pudo ser ella.
En casa de mi abuela, los fideos siempre son con papas cocidas. Cuando vivíamos con ella, éramos ocho personas y mi abuela conseguía hacer magia con un paquete de fideos y una salsa de tomate.
Para fiestas patrias, ella es la enfermera de empanadas, cada vez que se rompe una lista para freír, ella va y le pone un parchecito que salva de la salpicadera de aceite a quien esté friendo.
En casa de mi abuela siempre ha habido una estufa a leña, de esas antiguas con puertas de loza y un cañón delgado. Ahí, ella hacía comida y hervía el agua en sus teteras que apenas se pueden levantar por el peso. Ahí tostábamos el pan y cada vez que tengo la oportunidad dejo una rebanada sobre el fuego y espero que el calor haga su trabajo. En ese pequeño horno, ella cosía pan, hermosos y grandes bollos que duraban unos pocos días. En casa de mi abuela había un enorme tarro, en el que siempre guardaba harina, por lo que nunca faltó el pan amasado en nuestra casa. Su pan, como una de sus mañas, nunca llevó manteca o algún tipo de materia grasa, siempre agua, levadura, sal y harina. Nunca necesitó nada más para ser delicioso.
En esa estufa ella nos calentaba la ropa en los días de invierno para ir a la escuela, y esperábamos pacientes, sentadas en el cajón de la leña que aún conserva a su lado.
Amo la comida de mi abuela, y ahora que estoy lejos, la aprecio aún más. Extraño sus cazuelas, sus legumbres y sus fideos con papas cocidas.
Siempre recuerdo cuando nos decía “aprendan a hacer esto” (cualquier cosa que nos estuviera enseñando) porque no quería que después la gente pelara y dijera “son así, porque son criadas por la abuela”.
Viví hasta los 15 años en casa de mis abuelos paternos y cuando por fin los planetas se alinearon y pudimos tener la nuestra, el destino nos envió a la casa pareada con la de ellos. Por lo que al final, sigue siendo como una sola, pero más grande.
Hace 5 años que vivo en Santiago y mucha gente me pregunta por qué dejé Valdivia si es tan bonito y con aire limpio y un millón de cosas lindas. Pero, la verdad, no extraño la ciudad, ni la persona que yo era allá, extraño a mi familia y solo por ellos regresaría.

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