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Abuelito

Cuando nací, mi tata tenía 47 años, a cinco meses de cumplir 48. Cuando lo pienso ahora, me doy cuenta lo joven que era en ese momento. Para mí siempre ha sido mi abuelo, pero seguramente nunca pareció uno hasta muchos años después. Ahora tiene 81.
Viví con mis abuelos los primeros quince años de mi vida, mi abuela siempre recuerda que ella tenía que dormir en la cuna, porque yo quería dormir con mi tata cuando era chica.
Él trabajó siempre para empresas lecheras y manejaba camiones, furgones o vehículos menores, pero lo que más recuerdo son los camiones. Su trabajo consistía en ir a los fundos donde tenían vacas, llenaba los estanques del camión con leche y después lo entregaba. Se levantaba a eso de las 5 de la mañana, tomaba un minibus en el terminal de Valdivia y viajaba hasta San José, donde tenía que retirar el camión y luego recorrer hacia el sur. Muchas veces llegaba tarde de regreso a San José, pasadas las 12 de la noche, y mis papás lo iban a buscar en auto. Recuerdo que llegaba a puro comer y dormir, y luego repetir la rutina muy temprano. Tenía algunos días libres y sus vacaciones, pero siempre se aburría en la casa y no podía evitar despertarse en la madrugada, por costumbre. Una vez nos llevó a mi hermana menor y a mi a trabajar con él, recorrimos lugares muy bonitos y compramos cosas para comer en el camino. Mi abuelo se bajaba y movía mangueras que conectaba al camión para llenar los estanques, vimos donde estaban las vacas y cómo les sacaban la leche. Ese día fueron pocas paradas, pero no lo he olvidado, aunque algunos detalles ya se me escaparon de la memoria, lo esencial sigue ahí.
Cuando no trabajaba, se levantaba temprano, salía a comprar el pan y el diario Austral. Él es de esas personas que conoce a mucha gente, por lo que cada vez que salía a comprar tardaba más de lo normal, porque se quedaba conversando en el negocio, en la casa de la esquina, a mitad de camino; siempre había alguien con quien hablar. Cuando llegaba a la casa preparaba el desayuno para los que estábamos a esa hora, por lo general era mi abuela y nosotras, sus tres nietas. Mi tata prepara la mejor ensalada de tomates con ají verde, aunque me digan que una ensalada es igual en cualquier lugar, la de él es diferente.
Siempre ha sido un hombre activo, lo recuerdo con casi 70 años arriba del techo, arreglando las ventanas, o pintando arriba de una escalera, el segundo piso de la casa. Se subía al ciruelo en dos saltos y empezaba a bajar frutas. Arreglaba todo en la casa, desde el auto hasta el lavaplatos tapado.
Cuando éramos niñas siempre nos traía helado en cajas enormes, mi favorito era el de pie de limón. En mi infancia nunca faltó la leche o cualquiera de sus derivados, de eso se encargaba mi tata.
Desde que tengo memoria ha sido molestoso, es su forma de mostrar cariño. Tenía la costumbre de sacarse la placa dental en cualquier momento, sólo la soltaba frente a la cara de cualquiera para asustarnos; era una de las cosas que más lo hacía reír. Ya no lo hace.
No me gusta pensar que fue alcohólico, porque nunca fue diagnosticado, sin embargo lo era. Durante muchos años lo vimos llegar manejando un camión con tanques enormes y quedarse dormido al poner el freno. O bajar del camión a penas. Mi mamá nos mandaba a la pieza cuando él llegaba así, porque no quería que lo viéramos en esas condiciones, pero él siempre nos quería saludar y terminaba subiendo y sentándose en la cama con nosotras un buen rato. Esas noches siempre terminaban en llantos, porque su tema de conversación era el mismo cada vez, que se iba a morir y que estaba viejo. Supongo que ahora eso es mucho más posible que en aquellos años, pero la sensación es la misma.
No sé cuándo fue, pero de un día para el otro, simplemente, dejó de beber.
Tiene una letra hermosa, me gustaba ver mi nombre escrito con su caligrafía. Y tiene una mente muy buena para los números, que yo no heredé.
Mi abuelo siempre ha sido organizado, tenía el closet lleno de archivadores que estaban separados por ítem; luz, agua, dividendo, casas comerciales, etc. y sagradamente, cada mes, después de pagar sus cuentas, se sentaba en la cocina a perforar hojas y sacar cuentas. Luego llegó la tecnología y supongo que fue una de las cosas que ella le quitó, un sentido, una responsabilidad. Ya no hay papeles para organizar, sólo notificaciones.
Siempre nos compraba barbies, de esas que se les salían las piernas, los brazos y la cabeza; pero que tenían el pelo bonito y sus ropas brillaban. No duraban mucho, en especial en las manos de mi hermana menor, pero eran los mejores regalos.
Recuerdo una vez en que mi tata estaba arreglando el auto, se encontraba debajo revisando no sé qué cosa, y un alicate de punta le cayó cerca del lagrimal. Y hasta en esa situación bromeaba y se reía, mientras yo estaba al borde del desmayo. Esa vez le pusieron puntos, creo… sólo recuerdo el ojo en sangre.
Mi tata es de esos viejos antiguos, porfiados y mañosos. No va al médico y cuando va, el médico está equivocado. Se cortaba las uñas con cortapluma y se sacaba los dientes malos de la misma forma. Si le picaba el oído, la tapa del lápiz bic funcionaba perfecto. No sale a comprarse ropa y cuando lo hacía medía los pantalones en el antebrazo, no le gusta comer en la calle. Teníamos que tomarle el brazo, de otra forma salía caminando y dejaba a todos atrás. No le gustan los pantalones largos que le tapen el zapato, siempre hay que cortarlos y dejarlos justo bajo el tobillo. Usa pañuelo de género y mocasines.
Las legumbres nunca son espesas en la casa de mis tatas, a él le gustan las sopas. La harina tostada con vino tinto, y el pan con la comida.
Con el recorrimos muchos lugares hacia el sur, ciudades y pueblos. Llevábamos comida y pasábamos las tardes junto a algún río o lago, comiendo cosas ricas y jugando. Él quiso enseñarnos a tirar piedras al lago y hacer “patitos” (cuando una piedra plana da saltitos en el agua), pero ninguna logró aprender.
No sabe cocinar, pero cuando jubiló y mi abuela no podía hacer las cosas por sus dolores de huesos, él nunca dudó en ayudar y hacer cosas que en su época fueron siempre de mujer.
Tenemos suerte, hemos sido afortunadas, mis hermanas y yo, de haber crecido a su lado, de ver que los hombres buenos existen y que si tienes la voluntad puedes dejar los vicios atrás.
Ese es mi tata, un hombre bueno de verdad, que no ve maldad en los demás, que confía, pero es precavido, que ayuda siempre que puede y cuando no puede… también.

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3 Comments

  1. Ranique Nikolos Tila 10 Agosto 2020

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  2. Erena Fonz Reiter 31 Julio 2020

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  3. Brianchoni 3 Abril 2020

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